Thursday, October 19, 2006

Experimentando con el Collage

La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo.
Y llegué a la inevitable conclusión:
¡Tribulación humana! Cuántas palabras tristes estaban aún escondidas en la entraña del hombre.
Yo conozco los cielos rajándose en relámpagos,
y las resacas y las corrientes: yo conozco la tarde,
el Alba exaltada como un pueblo de palomas,
¡y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!
¡Pero, cierto, que mucho he llorado! Las Albas son dolorosas.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
el acre amor me ha hinchado torpores embriagantes.

En ese instante, sobre el alma, el cuerpo me pesaba como una traje demasiado grande y mojado.

Wednesday, September 06, 2006

Poemas para un día de lluvia

Dos mil ciento noventa y dos

Another day without love
Un chiflado como yo
Cruzando ese maldito parque
Hay dos pájaros al sol

Another day without love
Cocinando tu soledad
Añorando sueños extraños

Another day without love
With a broken heart on my breast
Take to heart all the time

Hey, my man!
Another cup of coffee!

Another day without love
Arrastrándote por las alcantarillas
Miles de ratas picándote los oídos

Another day without love


Little Girl

Anhelando sandalias a través de un vidrio
Te doy otra vuelta de cordón.

Keep on moving!
Keep on moving!
La rueda sube.

Sadnees permanece.


Ensayo de crítica poética

Honey don't

No. No. No Bandini.
No me amoldaré a las formas de un soneto
para contar las estrías de tu negra mexicana.

No. No. No Bandini.
Pain and Gloy no interesa.
Rich and Famous es la meta.

Hacé tu novela mala.
Arrojala al desierto.
Autografiala.

No. No. No Bandini.
Peinate a la gomina.
Comprate un traje nuevo.
Nunca dejarás de sentirte un espaguetti grasoso.

Oh! ¡Tu cruz!
Oh! ¡Cada pitada de su porro!
Oh! ¡Morbosa Vera Rivken!

No. No. No Bandini.
He alcanzado la edad de la razón
y no me enorgullezco:
¿Estará ya mancillada mi alma?

No. No. No Bandini.
Desde los confines de un país ignoto,
caen las gotas de la absurdidad, resbalando doloridas.

* Se recomienda la lectura de Pregúntale al polvo, novela de John Fante, autor ítaloamericano de la década del treinta.

Thursday, April 27, 2006

El cortaplumas


Difícil es contar claramente los acontecimientos desgraciados de aquella noche.
A eso de las once y media terminamos la última cerveza. Medio mareados, decidimos salir a dar una vuelta, pero una vez en el auto, Marcelo dijo:
-Vamos a lo de Cristian-. Como él manejaba, a nosotros nos pareció una buena idea. A veces no convenía contradecir a mi amigo.
La noche de verano estaba tibia y el movimiento en la periferia era casi imperceptible. Sin embargo, a medida que nos íbamos acercando al centro de Small Town, la gente comenzaba a aparecer. Eran en su mayoría, jóvenes hombres y mujeres que se dirigían a gastar la noche, a exprimirla como si se tratara de una naranja jugosa. Todos necesitábamos sacudirnos la mufa de una semana rutinaria hasta el hartazgo. Pedro, el primo de Marcelo, rompió el silencio que se había apoderado del coche con un comentario poco feliz.
-En esta clase de pueblos no hay mucho para hacer más que boludear un rato por el centro, ¿no?-. Le eché una ojeada. Sentado en el asiento trasero del Torino, fumaba un Parisien con afectación mundana, mientras su mirada se clavaba en la minifalda de una rubia oxigenada. Su comentario me molestó y aunque la provocación formaba parte de la actitud general de Pedro, esa noche me había prometido no quedarme callado. Hacía años que me tenía repodrido con su pose de dandy. Miré a Marcelo: manejaba abstraído. Seguramente lo había escuchado. Ya sabía yo que no soportaba a su primo. Lo aguantaba cuando aparecía cada tanto por el pueblo, con una especie de indiferencia combativa. Trataba de pasar la noche lo mejor posible, como si su pariente no existiera. Me acomodé en el asiento para poder mirarlo de frente y deslicé, sin demasiado tacto:
-Los boludos boludean, los demás son gente decente que sale a tomar algo-. Me miró sorprendido por unos segundos, sonriendo de costado. Desviando sus ojos hacia el vidrio, murmuró:
-Definí gente decente-
Me sentí aguijoneado.
-¡Gente decente!- grité –Me parece que debe existir en todos lados. Hombres y mujeres que trabajan toda la semana y quieren dar una vuelta, tomar un helado-. No sabía cómo seguir. A veces me apasiono tanto, que quisiera agarrar por el cogote a mi interlocutor. No entendía a qué quería llegar ese hijo de puta, que ahora me miraba con tono sobrador, por encima de la colilla de su cigarrillo. Se mantuvo callado. Supongo que lo asusté con mi agresividad. Agresividad de la que luego me arrepentí, ya que de alguna forma contribuyó a que la atmósfera se fuera cargando de resentimiento.
Pedro era un nenito de Nueva Córdoba que estudiaba psicología en la Nacional y se consideraba de vuelta de todo. Había nacido en Small Town, pero a los siete u ocho años se había mudado a la ciudad con toda su familia, a causa del trabajo de su padre. Renegaba de su origen, razón por la cual nunca entendimos con Marcelo, por qué volvía. A los veintidós años, ya se consideraba todo un cosmopolita.
Encendí la radio. Un poco de rock nacional nos alegraría la vida.
-¿Qué mierda es eso?- saltó Pedro. Fue el acabóse.
-La música nuestra: rock de la pampas-
-El rock es música en inglés. Lo dijo Luca Prodan, no lo inventé yo-
-Luca Prodan está bien muerto y enterrado. Ahora escuchemos a Las Pelotas en paz.
-Eso no es música-
-Música es el arte de combinar los sonidos... ahí tenés, sonidos combinados-
-Mal combinados-. Marcelo frenó inesperadamente, haciendo que los tres nos fuéramos para adelante. Salió del auto dando un portazo y golpeó la capota cinco o seis veces con el puño. Pedro miraba estremecido. Después del golpe final, subió con la cara desencajada y reanudó la marcha. El primo se mantuvo callado el resto del viaje.
Cuando llegamos a lo de Cristian, lo encontramos en la vereda, sentado en una reposera. Bajamos estirándonos un poco, por la tensión vivida.
-¿Tomando aire?-
-Estoy tan duro que no puedo ni hablar. Pasen-
Entramos al comedor y ahí nomás peló la bolsa. Estaba llena de grumos así que la calentamos en un plato playo, sobre la hornalla de la cocina. La picamos con una tarjeta de teléfonos vencida que Marcelo llevaba siempre en la billetera. Ninguno de los tres tenía plástico. Seguramente Pedro traía la naranja encima, pero él no participaba de esto. Es más, cada vez que se aparecía por Small Town e insistía en salir con nosotros. Marcelo pasaba por lo de Cristian, nada más que para molestarlo, para que no pasara la noche tranquilo. Pedro nos consideraba unos fracasados perdidos y nosotros nos reíamos de él, de su afectación mundana y de la sociedad en general. Cada línea, cada disparo, eran para nosotros, una burla al sistema establecido.
-¿Vieron Búfalo 66?-. Cristian aspiró con regocijo.
-Está buenísima...-
-¿Qué cosa?-. Reímos.
-A mí me encanta la minita-
-Es un chancho la minita esa-
-¡Qué me importa que sea gorda si pa´correr no la quiero!-. Reímos divertidos. Pedro miraba en silencio. “Trogloditas” habrá pensado. A nosotros no nos importaba porque estábamos drogados. Es una linda sensación no sentir los dientes o la lengua. Es como si esa parte de tu cuerpo fuera invisible. Marcelo saltó de pronto.
-Che Pedro, ¿te acordás del cortaplumas del abuelo? Ese que me choriaste-
-Sí claro. Lo llevo siempre conmigo. Y no te lo robé, en un malentendido terminó en mi casa-
-¿Qué malentendido?-
-Sí- ensayó Pedro con la voz más paciente que pudo –Tu vieja le dijo a la mía...-
-No. No fue un malentendido, vos me lo choriaste-
-Yo no...-
-Me lo choriaste-. Marcelo comenzó a dar puñetazos en el aire mientras repetía “Vos me lo choriaste” . Se le acercó hasta casi golpear su oreja.
-Pará un poco-
-¿Qué? ¿Me tenés miedo? ¿Ahora me tenés miedo?-. Se dirigió a nosotros dando media vuelta.
-Cuando éramos chicos me tenía envidia, ahora me tiene miedo-
-Yo nunca te envidié-. Mi amigo le arrimó la cara a más no poder.
-Cuando el abuelo me prefería, ¿no me tenías envidia?-
-El abuelo siempre nos quiso por igual-
-¡Ese es un error garrafal! Yo siempre fui el preferido y vos lo dejaste solo-. Pedro se incorporó en un rapto de valor:
-¡Eso es mentira!-.
Viendo que la cosa se ponía pesada, Cristian lanzó el comentario más criterioso de la noche:
-Vamos a pegar otra bolsa-. Marcelo se aproximó al plato, olvidándose por un momento de su primo. Con una sonrisa burlesca comentó:
-Che, no se puede tener una charla familiar que ya se la terminan toda-.
Los cuatro subimos al Torino como una exhalación.
-Dame fuego- se escuchó.
-No tengo-
El único que tenía era Pedro; ofreció, un poco dubitativo. Los ánimos estaban definitivamente caldeados y el primo no podía incorporase a la trouppe.
-Quiero probar-
Marcelo frenó de golpe, a unos metros de un perro de la calle que justo iba cruzando.
-¡¿Qué dijo?!-
-Dije que quiero probar. Ya que es eso lo que nos convierte en personas diferentes, a tu parecer, quiero probar-. Marcelo salió del auto, portazo mediante. Le golpeó la ventanilla y lo arengó con el índice para que saliera.
-Salí que te quiero hablar acá en la calle. Vamos a bajar la cabina del silencio-.
Pedro me miró estremecido.
-Andá- le indiqué. Confieso que yo también tenía un poco de miedo, sensación que no me abandonó en toda la noche, junto a la ya consabida paranoia. Marcelo esperaba al lado del auto, con los brazos en jarra, caminando de una punta a la otra. Cristian y yo reímos de súbito, solamente de los nervios. Por lo que vimos, al pariente le temblaban las pantorrillas cuando salió del auto.
Hablaron largo rato; al menos eso nos pareció a nosotros. Marcelo le había colocado una mano sobre el hombro y con la otra, palma lisa, aconsejaba a su primo. Algo de lo que alcanzamos a escuchar (estaban a unos metros del auto) tenía que ver con el consumo de cocaína.
-Eso no es lo que nos hace diferentes- le repetía Marcelo. Pedro oía, callado y entumecido como un poste. Sin duda le tenía miedo. Probablemente, Marcelo le decía lo que acostumbrábamos hablar cada vez que Pedro se iba del pueblo. No eran las drogas las que hacían la diferencia. Era la libertad de la cabeza. Era divisar las estructuras de mierda en donde estábamos metidos. Era desengañarse como un perro de todas las alegrías mundanas; llegar al confín del aislamiento y la soledad, y después te cuento. Antes quedate callado porque no vas a tener nada qué decir. Así era Pedro, no comprendía nada y se arrogaba el derecho de opinar sobre todo. Cuando por fin entraron al auto, mi amigo estaba calmado y Pedro llevaba los ojos dilatados.
-Ahora sí. Vamos a pegar otra bolsa-
Volvimos a la casa de Cristian. Él vivía con su abuela, pero la vieja estaba en lo de una hermana, en Carlos Paz. Cuando nuestro amigo tenía la casa para él solo, hacía este tipo de desajustes. De lo contrario, era un discreto empleado bancario. Repetimos la operación con la hornalla. Pedro mencionó nuevamente que quería probar; revoloteaba a nuestro alrededor como un chico molesto. Miramos a Marcelo, que fruncía el ceño. Él debía dar el visto bueno para que nosotros procediéramos. Finalmente asintió, aunque estaba muy serio. Preparamos una línea. Pedro tomó un billete de diez pesos mal enroscado y aspiró despacito, como con miedo. Quedó la mitad de la línea pegada en el billete. Le preparamos otra, mientras sonreíamos de reojo. Nos daba gracia verlo tan apocado después del sermón de mi amigo. Tenía que aprender de la misma manera que aprendimos todos: a los golpes. Contemplamos en silencio cómo hacía desaparecer varias líneas, hasta que de repente, recordó la discusión. Ya estaba bastante duro: hablaba como si tuviera dificultad para hacerlo y le caía agüita de la nariz.
-Mirá. Acá lo tengo-. Marcelo lo miró sorprendido, mientras se pasaba un pañuelo por la nariz: era el cortaplumas. Pedro lo había abierto en la navaja.
-Yo no te lo robé. El abuelo me lo regaló en su lecho de muerte-
-Eso no es cierto-. Marcelo experimentó una repentina tristeza en el rostro. De un segundo a otro, algo se apagó en sus ojos. Se pasó la muñeca por el naso. Cristian me miró preocupado, abrió una cerveza helada y trajo vasos.
-Sí, me lo regaló a mí. Tenés razón, es mentira lo del malentendido. Él me lo regaló. Inventé lo del malentendido porque te tenía miedo... Pero ahora ya no te tengo miedo porque ahora entiendo todo. Marcelo se le acercó furioso y lo tomó por los hombros:
-¿Qué es lo que entendés pedazo de hijo de puta? ¡Vos no entendés una mierda!-
-Dejáme o te corto la cara-. Marcelo lo soltó, entonces Pedro, enardecido, tomó la palabra.
-¿Sabés lo que entiendo hijo de mil puta? ¡Que sos un fracasado de mierda, un bueno para nada, un tarado!-. Doblado sobre una silla, con el pecho hundido, Marcelo lo miraba con ojos doloridos. Parecía que el turro había dado en la tecla para amargarlo.
-¡Preferido del abuelo! ¡No me hagás reír! Si el abuelo te prefirió alguna vez, fue porque te habrá tenido lástima. Ya de chiquito perfilabas para fracasado... ¿Y sabés por qué terminaste así? Porque vos lo elegiste, creyendo que era una gran rebeldía. Te arruinaste la vida, pero no por principios. Te arruinaste la vida para demostrar que sos un rudo, una piedra... Pero vos sabés que esa es la gran mentira... ¡Una mentira grande como una casa!- rió secamente –Sos un fracasado hijo de puta por tu propia culpa-. Encendió un negro temblando, ante el pétreo silencio que inundaba la habitación. La escena era muy triste, pero más triste era ver a Marcelo vencido, abrumado por la fuerza invisible de las palabras.
-¿Y la guitarra? Tocabas muy bien y la dejaste por vago. Del trabajo te echaron ¿Y pretendés que te crea el mascarón que te ponés para salir a la calle? ¡No te creo Marcelo! ¡No te creo!-.
Marcelo ya no lo miraba. Ahora miraba hacia abajo, el suelo o algo así: un punto indefinido. A Pedro la merca le había dado claridad de ideas y todo lo que antes constituía una masa amorfa de pensamientos, ahora encontraba coraje y letra. Todo lo que pensaba de su primo y nunca se había animado a decir, era ahora reproducido por unos labios enloquecidos y drogados. Pero claro, hubo algo que no tuvimos en cuenta. El hecho de que Marcelo se hubiera tumbado rendido no significaba mucho. Tarde o temprano la reacción llegaría, adquiriendo dimensiones trágicas para Pedro, que hacía rato lo acicateaba de lo lindo. Debería haberlo dejado tranquilo. Por lo demás, todo sucedió en cuestión de segundos. Marcelo hurgó en una de sus botas y después se abalanzó con fuerza sobre Pedro. El cigarrillo cayó de sus dedos y quedó callado, con una expresión estúpida y desesperada en el rostro. Recién cuando Marcelo se apartó vimos la sangre. Pedro se desplomó de bruces en el piso y mi amigo quedó parado al lado del cuerpo, con la daga en la mano.
Juro por Dios que no pudimos hacer nada... todo fue muy rápido. No es que me sienta culpable o algo por el estilo... Pedro se lo buscó. No se puede ir por la vida ignorando lo esencial. Pretendiendo que estás de vuelta porque te leíste un libro o tratando de ser otro para ser aceptado en un grupo que no te quiere. ¡De nada sirven los sermones! La misma vida te enseña cuál es el camino que debés seguir. A veces bruscamente, golpeándote con toda la ira de un Dios que no sabés si existe. Marcelo, Cristian y yo podíamos ser flor de fracasados, pero qué claras teníamos algunas cosas.


Monday, April 17, 2006

Doomsday


Oh! Jinete
Juntos nos iremos en esta noche
Sabes bien que aún no pude conocerte
Aunque igual te veo, en jade de brillantes

Oh! Jinete
Ya no sangras más
Ya no sangras más

Balada del Jinete –Ramsés VII-


A la madre le descerrajó dos tiros en la frente, al padre otros tantos pero en el pecho. Desde donde estaba parado, al lado de la cama, en un extremo de la habitación, apenas podía ver un poco de sangre sobre el cubrecama floreado. Se sentía débil, un poco enfermo. Una horrible sensación de vértigo invadía todo su cuerpo, pero más que eso, era su cabeza lo que no podía frenar. Se diría que una corriente poderosísima la arrastraba hacia la deriva. Su mente estaba sumergida en un oscuro vendaval, donde vientos huracanados, truenos y relámpagos enceguecedores le impedían concentrarse en la realidad del instante le impedían concentrarse en la realidad del instante. Entonces se quedó ahí: tambaleándose levemente, con el arma entre las manos transpiradas. Una incipiente náusea le comenzaba a brotar desde la boca del estómago. Asimismo, no podía alejar los ojos de la escena. Los mantenía clavados sobre sus progenitores, como si deseara guardar de esa imagen cada detalle. Y aunque sentía que estaba sufriendo (era una sensación lejana, casi ajena a él, que trataba de abrirse paso entre los árboles vapuleados por el viento, la lluvia y las descargas eléctricas) lo más justo es decir que eso tampoco le importaba demasiado.
La madre yacía con los ojos y la boca abiertos. Ella había alcanzado a verlo unos segundos antes de morir: la fría presión del caño la había despertado. El padre, por su parte, con el estallido de las balas se había despertado también y en una maniobra casi inconsciente, hasta había tratado de arrojarse sobre él para detener lo imposible. Sin embargo esta vez, su brazo fue más rápido: con sólo un movimiento, las balas atravesaron el pecho del viejo, dejándolo acostado sobre la mesa de luz. La lámpara había caído y el hombre, resbalando lentamente con la boca abierta, había quedado a medio camino entre la mesa y el piso.
Ahora, en su pequeña jungla cerebral, la tempestad asolaba sin tregua. Toda la ira del dios demoledor bajaba sin clemencia y él alcanzaba a ver (a través del cubrecama manchado con sangre) cómo los árboles se doblaban por la furia del viento: algunos casi llegaban a tocar la tierra con sus copas. También vio animales huyendo, tratando de arrear a sus crías hacia un lugar seguro. Pero como tal lugar no existía, entre el resplandor de los relámpagos y el estrépito ensordecedor de los truenos, chocaban enloquecidos, se arañaban y mordían con fiereza, para luego quedar tendidos y agotados por la confusión, bajo la lluvia que caía en todas las direcciones como una helada balacera.
Sin anunciarse, el vómito apareció para poner fin a la contemplación absurda. Lo obligó a doblarse sobre la cama, mareado y rendido ante el poderío inminente. Sintió cómo sus órganos se contorsionaban apabullados por la fuerza de la descarga. Una vez. Dos veces. Tres veces. Después de la cuarta, logró contenerse no sin esfuerzo. Dificultosamente se incorporó. Dando media vuelta encontró el gran espejo que colgaba de la pared y con él su imagen, que le resultó delicadamente sublime. Estaba pálido y ojeroso; un hilo de baba agria le caía del labio inferior por la barbilla y (cosa que le pareció sumamente extraña) el buzo marfil estaba manchado con sangre. Un tenso escalofrío le atravesó la espalda. Se dio cuenta que no le quedaba otra que abandonar la escena del crimen. Pero antes de largarse los observó con atención una vez más. Allí tirados, dormidos para siempre, ya no parecían padres. Sobre esa cama sólo había dos cuerpos aniquilados. Dos animales sacrificado a ningún dios; humildes ofrendas por las que sólo se exigía a cambio un poco de tranquilidad. Sin embargo la recompensa se hacía esperar y lejos de sentirse tranquilo, sabía que la ansiedad de su alma iba en aumento.
Ayudado por las paredes del pasillo, que comunicaba las habitaciones con el living, avanzó hacia la cocina todavía mareado. Apoyó el pequeño monstruo sobre la mesada y lavó su cara con agua fría. Desde el living se oyó un leve chirrido y el corazón le dio un doble salto: recordó de pronto que la puerta de calle había quedado abierta. Una voz sonó débilmente:
-Ernesto... Alicia... ¿Hay alguien?-. Era Rojas, el vecino de enfrente. De seguro, al oír los disparos, se había levantado de la cama como una exhalación, se había encajado las pantuflas y sin dudarlo (tal era su temeraria alma de comedido) había cruzado la calle de tierra, enterrando su peludo calzado en el barro fresco de la madrugada.
Una súbita desesperación en forma de asfixia le apretó la garganta. Con los últimos vestigios de lucidez y el rostro aún goteando, tomó el arma nuevamente y esperó en silencio la aparición del héroe local. En cuestión de segundos, la imagen de Rojas enfundado en un pijama azul, hizo acto de presencia ante sus ojos enrojecidos. Se observaron aturdidos hasta que Rojas decidió hablar. La voz flotó por la habitación suplicante, impregnada de una sucia indignidad.
-Pero Dieguito, ¿qué pasó?... Hijo, por favor, bajá eso... pero, ¿qué hiciste por Dios?-
De más está decir que Diego no contestó. Ahora, en su cabeza, sonaban los atronadores cascos de los caballos que montaban los cuatro jinetes. Ellos venían en su ayuda. Ellos traían la serenidad tanto tiempo deseada. Y la tierra por fin se abría en grietas zigzagueantes, tragándose animales y crías, árboles y tormentas. Elevó el arma a la altura de su sien y luego se la metió en la boca. Temblaba suavemente, pero en sus ojos cansados no había miedo: sólo una profunda palidez lo delataba. Rojas intentó continuar el remanido parlamento aunque de su boca en cambio, brotó un ahogado gemido. Por sus mejillas oscuras rodaron calientes lágrimas de terror. Después, quedó ensordecido por el estruendo y un fuerte olor a pólvora humedecida le llenó la nariz.

Monday, April 10, 2006

Nueve kilos (escribir después de Annik)

“Nunca quisimos tenerla” aseguró la tipa tamborileando los dedos sobre la mesa. El inspector ya no abría los ojos sorprendido u horrorizado: estaba acostumbrado a ese tipo de atrocidades. Declaraciones que lejos de esconder un sentido, lo exponían sin tapujos. La miró con dureza. Pensó en su hija, tres años de inocencia cumplidos la semana anterior. Y también pensó en el otro, el hombrecito de la casa, presto a entrar en el segundo año del secundario.
-¿Se puede fumar?-. Ella no se veía nerviosa, por el contrario, exhibía una mirada aguileña, como de vuelta de todo.
-No- respondió sin inmutarse Rustik, mientras veía como ella sacaba de su bolsillo con la dificultad de las esposas, el atado de Parisiens que guardaba celosamente.
-¿Fuego?-
-No tengo-
-Yo necesito fuego-. Parecía de piedra. ¿Acaso no había dejado morir a su hija, encerrándola en una habitación oscura? ¿Qué problema podía tener para pedir fuego prepotentemente?
-Hable de lo que pasó y preocúpese menos por sus vicios-
-No, no es un vicio. Fumo cuando estoy nerviosa-
-Se la ve demasiado tranquila-
-¿Sí? Bueno, supongo que sé disimular-. Y lanzó una risotada. Los tres policías que aguardaban acodados detrás del vidrio polarizado se estremecieron. Uno de ellos, de tez trigueña y cabello levemente desgreñado comentó como hablando para sí:
-Existe la maldad-
-Dije que necesito fuego. Rustik apretó las mandíbulas. Hizo ademán para que el guardia cárcel lo convidara.
-Gracias lindo-, la rubia le guiñó un ojo. Fumó ansiosamente hasta la mitad del cigarro (arrojando las cenizas sobre la pequeña mesa) lanzando intermitentes miradas huidizas al inspector, que continuaba sin inmutarse. Al fin suspiró y comenzó a hablar.
“Quedé embarazada casi sin pensarlo. Todos teníamos problemas, quiero decir, en mi casa, en la casa de Javier. En lo único que pensábamos era en huir. Huir bien lejos para que nadie nos molestara... Supongo que hacíamos demasiados planes. Él trabajaba en un taller mecánico, con su padre y yo limpiaba casas por hora. Los dos sabíamos que no llegaríamos a nada. Nuestra única alegría era tener relaciones sin cuidarnos. Nos resultaba divertido, además, era como jugar con fuego. Pero nunca quisimos tenerla. La odiamos desde el primer momento, desde que supimos que la habíamos engendrado. No dejo de reconocer cierta culpa... pero la verdad ... ¡es que no me interesa!-. Y otra vez la risotada. “Está enferma” pensó Rustik mirándose los zapatos. Débora estaría jugando con la niñera. Era una muchacha delgada y cobriza, de muy pocas palabras, ¿cómo la trataría cuando ni él ni su mujer estaban en la casa?. Se llevó los dedos a la conjuntiva.
-¿Qué? ¿Te duele la cabeza policía?-. Trató de ignorarla, pero era imposible. Una aireada sensualidad la envolvía y el desprolijo mechón rubio que caía sobre sus ojos grises no hacía más que expandirla. “Tiene la sensualidad del demonio”. Recordó de pronto, el domingo último, los cuatro en misa. Vísperas de Navidad. Odiaba esa época del año. Le traía a la memoria la cama de hospital donde yacía su padre muerto. Veintidós de diciembre de 1998. Siempre lo recordaría: aguantó el llanto en el hospital, en el velorio, inclusive en el entierro, cuando su madre y su hermana gemían como plañideras. Recordó que Cristian lo miraba con seriedad, como diciendo “¿Y viejo? ¿Cuándo vas a llorar?”. Pero él se aguantó todo. Hasta esa mismísima tarde, seis años después, en que encontraron a Annik. Yacía inerte sobre un colchón húmedo, rodeada de excrementos y orina. En la oscuridad, con los ojitos cerrados. Tenía la piel pegada a los huesos, arrugada y ennegrecida. Entonces sí, el cuerpo de esa niña (extraña para él: no era nadie, más que un cuerpo muerto, una víctima de la maldad de los hombres, una huella en el camino que lleva al Apocalipsis, un caso que entraría en los anales de la burocracia y que, por supuesto, saldría en las breves de los policiales) raramente lo conmovió, le tocó la fibra íntima. Literalmente lo destruyó. Entonces ahí sí. Pidió a González que lo disculpara y salió casi despavorido (tratando de disimular frente a sus compañeros) hacia el baño del pequeño departamento. Descargó quince minutos de llanto amargo. De llanto por el “sin sentido cotidiano”. Imágenes de un futuro cercano rondaron por su mente: dejaría todo. ¿De qué podía servir ser un inspector de policía? ¿De qué podía servir correr tras una presa, atraparla (si tenía mucha suerte), encarcelarla, llevarla a un juicio; ver al asesino purgar una culpa que en realidad no purgaba?. Hacía años que comprobaba la inutilidad del sistema, la cantidad de injusticia que se escondía detrás de la palabra “justicia”. La cantidad de mentira que envolvía a los juicios, a las leyes, a él mismo. Sólo que no quería verlo y recién esa tarde calurosa y desapacible, pudo atisbar una luz en su conciencia. Creyó por un momento que nunca se calmaría. Pero no fue así. EL derramamiento de lágrimas cesó, aunque él no se había clamado en lo más mínimo. Lejos de aliviarse, sentía los ojos hinchados, un hueco en el estómago; le temblaban las manos. Comprendió que debía salir, enfrentar la situación ¿no era acaso un hombre de cuarenta y siete años? ¿No ansiaba acaso desde el fondo de sus entrañas aquel ascenso que se postergaba indefinidamente?. Se sonrió al espejo. “Un breve ataque de nervios”. Supuso que todo andaría bien, pero jamás volvió a penetrar en la habitación de Annik.
Elevó la vista. La rubia asesina lo miraba altanera.
-Te pregunté si te dolía la cabeza policía-. Una mueca burlona asomaba a sus labios carnosos. Era realmente espléndida, si no fuera, claro, porque había golpeado y dejado morir de hambre a su pequeña hija de cinco años, encerrada en una oscura habitación.
-¿Qué hizo cuando se enteró de que estaba embarazada?-
Ella tiró la colilla al suelo y la pisó. Se encogió de hombros.
-No sé, no me acuerdo. Hace mucho tiempo ya-
Rustik entornó los ojos: se estaba cansando de esa enferma mental. Comprendió en un segundo que la despreciaba por completo, más aún que a los serial killers, a los violadores o a los asesinos a sueldo que había investigado. Más aún que a los secuestradores. La despreciaba desde el fondo de su alma cansada y desengañada: la odiaba con un fervor intenso y completamente ciego. Se perdió. Golpeó con fuerza la mesa.
-¡Quiero que me diga absolutamente todo, maldita hija de puta! ¡Quiero saber todo ya mismo! ¡Basta de juegos, perra despreciable!-. La tipa enmudeció, aunque cierto brillo pretencioso no abandonaba sus ojos. Sin embargo, el tono de su voz pareció despojarse del orgullo cuando confesó:
-¿Qué quiere que le diga? Nunca la quise. La dejé morir porque me molestaba. Cuando estuve embarazada, pensaba todo el tiempo en sacármela, pero no teníamos plata y yo temía por mi vida. No digo Javier. Digo yo, por mi vida. Creo que en el fondo nunca nos quisimos. Creo que en el fondo nadie quiere a nadie-
“Bueno, lo que nos faltaba: una puta filósofa”. La observó con saña. Era cierto que lo que ella decía ¿qué iba a confesar? ¡Simplemente no quería a su hija!. La dejó morir porque le molestaba: ¿había algo más simple que eso?.
-Apenas nació, me la pusieron en la panza. Sentí el rechazo inmediatamente. Después, cuando la veía crecer, me parecía una estúpida. Era callada, tímida. Empezó a hablar como a los cuatro años. Yo quería otra clase de hija, ya sabe, ya que no la había querido tener, por lo menos que fuera inteligente, despierta. No, era una imbécil. Yo la golpeaba siempre-. Hizo una pausa tragando saliva. Buscó más cigarrillos. El guardia cárcel repitió la operación sin necesidad de avisarle. Era previsible: lo había seducido.
-Me gustaba hacerlo. Sentía que en cada golpe descargaba años de frustraciones. Además ella se quedaba ahí, callada, con sus grandes ojos azules fijos, como si nada. Apenas lloraba; luego se quedaba encogida en el colchón, con la cra pegada a la almohada. Nunca decía nada. Quiero decir, a veces yo esperaba que me saltara al cuello y me mordiera la yugular. Eso era lo que más odiaba de ella: nunca reaccionaba. Encima, después de las golpizas, se me acercaba de atrás como queriendo que la abrazara. A veces me tiraba los brazos, como pidiéndome que la levantara. Siempre la odié-. Rustik empezaba a interesarse. EN tantos años de trabajo, nunca había escuchado una confesión tan sincera. Generalmente, los asesinos no son madres y tampoco confiesan tan rápido. Comienzan mintiendo o alucinando que la víctima los llevó a cometer el delito. Convierten a la víctima en victimario. “Él me decía determinada cosa; ella me golpeaba; me insultaron en el trabajo”. Pero jamás había oído “la maté porque me molestaba. Siempre la odié: desde el momento en que supe que iba a tenerla”. La tipa no se estaba excusando: confesaba su culpa como si nada. Como si fuera lo más natural del mundo, y de hecho, lo era para ella.
-Comenzamos con los castigos cuando apenas tenía un año y medio. Si lloraba, la metíamos en la pieza y ahí la dejábamos. Que llorara todo lo que quisiera. No nos importaba. A mí, más que todo. Javier siempre fue un idiota, un blando. Por ahí me decía con un tono de marica insoportable ¿no estaremos siendo excesivos?. Entonces yo le armaba una escena. Tiraba vasos, ceniceros, platos: todo lo que estuviera a mi alcance. Me amenazó mil veces: que iba a matarme, que iba a abandonarme, que iba a denunciarme. ¡Ja! Nunca hizo nada. ¡Así de idiota y blando es!. Y ahora, él va a terminar en cana también, cómplice de mi odio por Annik... Lo oí llorar en el pasillo. Me pregunto (siempre me pregunté) por qué él nunca hizo nada. Por qué permitió que mi maldad acabara con nuestra hija. ¿Eso qué quiere decir? ¿Que él la despreciaba tanto como yo? ¿O que nunca tuvo huevos para hacer que las cosas mejoraran?, ¿Por qué no la secuestró, si tanto la quería (como a veces él decía, subiéndola a sus rodillas) y la llevó a vivir lejos de una enferma como yo? Creo que en el fondo, Javier es mucho peor que yo-. Sonrió, pero esta vez sin afectación. Se estaba sacando las caretas. Ya no era la rubia pretenciosa y altanera de unos minutaos atrás. Parecía que ahora, verdaderamente, era Francisca Benítez, la mujer- noticia en todos los diarios y revistas sensacionalistas. El monstruo que había dejado morir a su pequeña hija de cinco años. La persona. El victimario. Parecía que ahora se estaba desnudando; quitándose los velos uno a uno. Rustik sintió ganas de fumar: ya hacía dos años que lo había abandonado pero extrañamente se sintió atraído por el paquete de negros que descansaba sobre la mesa. Pensó en pedirle uno, pero inmediatamente recapacitó: era una atrocidad transar con aquella cosa, porque para él era una cosa. Se le cruzó por la mente la angelical imagen de su esposa, sus grandes ojos negros. Él se había enamorado de sus grandes ojos negros y de esos cabellos de india que le caían por los flancos de la cara. Recordó que había pensado: “ella morocha y yo colorado ¡qué hijos tendríamos!”. Casi sonríe de su antigua ocurrencia. Francisca parecía haber caído en un pozo. Miraba la corbata de Rustik con los ojos perdidos, parecía catatónica.
-Benítez-, llamó el detective sorprendido, pero no obtuvo respuesta. “Está loca”. Y al cabo de unos interminables segundos, Benítez reaccionó: iba sumida en sus memorias igual que él.
-No. Me estaba acordando de una vez en que... –tragó saliva- una vez que le compramos una solera roja-. Cortó. “¿Estará por llorar? Lo dudo”
-Nunca le comprábamos nada. Toda la ropa que usaba era prestada o regalada. De sus primos, mis sobrinos o los sobrinos de Javier. Jamás gastamos un centavo en un juguete para ella o en una ropa nueva. Pero esa Navidad sí-
“Cagamos” pensó Rustik “que no me venga a hablar de Navidad”.
-Recuerdo que fue la única vez que pensé “se ve hermosa”. Claro que eso duró cuatro o cinco horas. La vi jugar con uno de los nenes de mi hermana, arrojada en el piso con los hombritos descubiertos. Apenas sonreía elevando un autito y dejándolo caer. Los demás chicos no le daban demasiada bola. Creo que estaba contenta-
-¿Y usted? Interrogó el inspector casi sin pensarlo.
-¿Yo qué?-
-¿Usted estaba feliz de verla jugar?-
La rubia lo miró sinceramente:
-Yo nunca fui feliz-.
El calor mataba en la vereda. Desprendió el cuello de la camisa, se sacó la corbata y se subió al auto. Manejaba abstraído. Se sentía cansado, muy cansado. Sabía que, llegando a su casa, estaría la angelical María esperándolo con una sonrisa, la comida lista y los chicos limpios. Sintió que no tenía ganas de fingir esta vez, se iría a dormir. Se bañaría y se iría a dormir una buena siesta. Le diría a María “estoy cansado honey”. Siempre le decía así cuando quería comprarla. Le diría: “estoy cansado honey, hoy no comeré. ¡No sabés el día que tuve! ¡No te lo imaginás! Una loca que asesinó a su hija, bah, no la asesinó, ella...”
Abriendo la puerta de calle, trató de sonreír, pensando siempre en su excusa, pero notó al primer contacto, que los ánimos estaban caldeados. Cristian estaba sentado en un rincón, con los brazos cruzados y un golpe en la cara.
-Unos chicos lo agarraron en la vereda de la otra calle-. Rustik se acercó, quiso abrazarlo, pero Cristian se levantó histérico y salió para su habitación.
-¡Hijo de un policía me dijeron!-, y golpeó la puerta ruidosamente.
-¿Hijo de un policía? ¿Qué es eso? ¿Una nueva ahora?-. María lo miró con un reproche en los ojos.
-¿Te parece que es una nueva? ¿Vos no sabés lo que pasó en este país hace treinta años?-
-¿Qué? Ahora se supone que tengo que sentirme culpable de hacer lo que me gusta, sólo porque un grupo de hijos de puta secuestraba estudiantes?-. Ella le revoleó los ojos y siguió poniendo la mesa. “Profesora de Historia y basta”. Salió para la pieza.
-¿Y la nena?-
-Se fue con Paola a la plaza-
-¿A esta hora? ¿Vos estás loca?- María se asomó gritando autoritariamente:
-¿Mirá ya me doy cuenta de que tuviste un mal día, pero yo no tengo la culpa!-. “Cana de cuarta”. Rustik volvió para la cocina con la camisa desprendida. La abrazó por atrás sin demasiada gana, no quería pelear.
-Perdoname-
-Andá a lavarte las manos que ya sirvo la comida-
-¿Qué hay?-
-Guiso de lentejas-
-¿Guiso de lentejas con el calor que hace?-. Trató de que sonara como un chiste, ambos rieron un poco. Otra no les quedaba, especialmente tratándose de vísperas de Navidad. Pero no estaban felices. Rustik recordó a Annik innumerables veces, haciendo una estúpida analogía con Cristian.
-Hay que llamarlo para que venga a comer con nosotros-
-Ya le dije. No quiere-.
Terminaron el almuerzo en silencio. Apenas el murmullo de la pequeña, haciendo malabares con el puré. Rustik rodeó el tema mentalmente, pero sabía que en algún momento tenía que hablar.
María lavaba los platos.
-Voy a comprar cigarrillos-
-¿Cigarrillos? ¿Qué, vas a empezar de nuevo?-
-¡Tengo la necesidad! ¿Qué querés que le haga?-. En el kiosco, el gallego lo atendió como siempre, amablemente.
-Volvemos a los vicios- le comentó simpático. El inspector le dio la plata sin sonreír: no era divertido. Para colmo, el calor lo estaba matando. ¿Acaso no había pensado en ducharse y dormir un rato?. “Es al pedo” pensó caminando las tres cuadras que lo separaban de su hogar.. “Uno nunca puede hacer lo que quiere”.
Encendió un cigarrillo. Sabía que más tarde le dolería la cabeza, la garganta, tendría olor en los dedos, en la ropa. Pero no le importaba. Sentía que lo necesitaba.
-Me llevo a la chica. No quiero que le fumés encima... ¿Vos sabés lo mal que le hace?-.
“Negra de mierda” pensó Rustik casi sin querer. En días como ésos, se sentía harto. ¡Ella, con su manía de ser la madre ejemplar, la profesora ejemplar, la ciudadana ejemplar!. La idealización de la que había sido objeto en la central de policía se estaba derritiendo. ¿Por qué se habían casado? Recordó en un instante, con una lucidez que lo atormentó: ¿Calentura? ¿Amor?. A esta altura del partido, él ya no podía discernirlo. Tenía que hablar con Cristian. A lo mejor él, en su situación de adolescente golpeado por una patota de resentidos, podía aclararle algo. Sonrió cínicamente: ¿qué le podía aclarar a él, con sus cuarenta y siete años, después de haber visto el cuerpo muerto de Annik?.
“Qué nombre exótico, ¿de dónde lo habrán sacado?”. Apretó la colilla con desdén y se dirigió a la habitación del hijo. Golpeó casi con vergüenza, aunque no entendía bien por qué. No hubo respuesta, así que pasó directamente. Estaba tirado de costado, con los auriculares puestos, seguramente escuchando esa música de mierda que él no comprendía, es más, que él rechazaba profundamente.
“Música de enfermo, de drogadictos, de tarados mentales que se creen que pueden venir a enfermar a la sociedad con su corrupción”.
-Cristian-. Se sentó en la cama, entonces el chico se dio vuelta: tenía el ojo izquierdo desfigurado y el resto de la cara, se notaba que dentro de poco, también se le iba a hinchar. Le hizo señas de que se quitara el walkman, todo debía ser suavemente con él. Era un chico susceptible. Él lo había soñado soldado, con un elegante uniforme gris, rapadito, con esos enormes ojos claros asomando debajo de la visera. Pero el muchacho estaba lejos de pensar en la carrera militar. Cristian no pensaba en nada últimamente, más que en encerrarse a escuchar música. No pensaba más que en ensordecerse.
-Hijo, me parece que me tenés que contar lo que pasó hoy-. Cristian lo miró descreído, hacía rato ya que su padre no era su ídolo; mucho menos después del altercado de ese mediodía. La golpiza de los incivilizados lo había hecho reflexionar: sufría un destino que él no había elegido. Era hijo de un policía. Podía hacer esfuerzos, como escuchar heavy metal hasta quedar sordo, putear por lo bajo, terminar el secundario, fumarse un porro en el baño de la escuela, pero siempre sería el hijo de un policía. De repente reaccionó: odiaba a su padre. Se encogió de hombros.
-¿Qué querés que te diga? Me hicieron cagar porque vos sos policía... no hay mucho para decir-. Rustik se sintió abatido. Lo invadió la misma sensación de aquella tarde, al contemplar la escena en el departamento de Benítez: abandonar todo. Si de todas formas la justicia no existía: Annik yacía muerta, la madre confesaba que la odiaba, a su hijo lo golpeaban, no sabía si realmente amaba a su esposa, ¿Por qué no irse bien a la mierda? ¿Por qué no abandonarlos a todos y dedicarse a ser feliz él solo, en una isla desierta, por ejemplo? Se obligó a volver en sí rápidamente.
-Esta tarde, vamos a dar una vuelta en el auto y vos me indicás, si los ves, quiénes son. ¿Ya van a ver esos tipos meterse con un Rustik!-. Trató de sonar entusiasta, comprador; por un momento hasta él mismo se lo creyó: si el chico atestiguaba, los podían encarcelar y todo. Pero Cristian lo miró con ojos cansado:
-Sí. Así después los largan, me encuentran otra vez y ese día sí, me matan-. Rustik se calló, un poco humillado. Después se sintió profundamente molesto, ¿Qué le pasaba a este pendejo? ¿Acaso no creía en la justicia?.
Javier no fumaba. El inspector advirtió que le temblaban las manos. Los otros tres, los que observaban detrás del vidrio espejado, apostaban dos a uno, a que el tipo era inocente.
-El tipo es la misma mierda que la mina, a mí no me vengás...-. “Desgreñado” era así. Quince años de pobreza, estudio y trabajo duro para convertirse en detective. A él no le iban a venir con trastornos afectivos, problemas familiares, esquizofrenias. Para él era todos unos hijos de puta que merecían el paredón de fusilamiento. “No puede existir el perdón (hasta la cárcel es injusta) para unos padres que dejan morir a su pequeña hija de tal forma. No puede existir el perdón, yo no los perdono”.
-Cuénteme lo que pasó Benítez-. El tipo lo miró desconcertado, estaba visiblemente desesperado.
-Yo... yo... yo me siento muy culpable. Yo no quería que Annik muriera... yo...- , los ojos se le cubrieron de lágrimas y tapándose la cara con las manos esposadas comenzó a sollozar compungido. Rustik lo observaba callado, tratando de no ser sobrepasado por la tristeza infinita del pobre hombre que tenía adelante.
-Yo... soy débil. Yo tuve que hacer algo y no lo hice... ¡Era mi Annik! ¡Era mi pobre Annik! Francisca siempre nos dominó, siempre hizo lo que quiso con nosotros. Y no hablo solamente de mí y de mi hija. Ella dominaba a sus padres, a los míos, quería que todo fuera a su manera, de lo contrario nos golpeaba o arrojaba los elementos que tuviera a su alcance...-. Se secó la cara con el dorso de la mano.
-Siempre pensé que estaba un poco enferma, que nos enfermaría tarde o temprano-. Parecía un chico desamparado, un chico que había jugado con el fuego de los dioses y ahora comprendía que se había equivocado gruesamente.
-Mantuvimos la situación hasta que no pudimos más. Al cabo de dos o tres meses, yo quería abrirle la puerta pero Francisca me lo tenía prohibido. Me amenazaba y a menudo, también me golpeaba-. Buscó los ojos de Rustik desesperadamente.
-¡Yo no pude hacer nada! ¡Dios mío! ¡Alguien me tiene que creer!-. Y comenzó el llanto nuevamente.
-¡No me importa la cárcel! ¡No me importa estar encerrado quinientos años! ¡Yo sólo quiero que me crean! ¡Yo sólo quiero que Annik esté de vuelta con nosotros!...-, y agregó entrecortadamente:
-Yo sólo quiero morirme...-. Entonces el llanto cesó y se quedó mirando el suelo, impotente y absorto, como pensando en nada. De repente y con una sonrisa atroz, realizó un comentario a partir del cual, Rustik no supo si reírse o llorar.
-Le hice una canción ¿Sabe? Es una canción muy simple-. Se acercó a Rustik pegando el pecho al borde de la mesa, como haciéndole una confidencia.
-Yo tomé el nombre de una historia de amor: la historia de amor entre Ian Curtis y Annik su amante de Bruselas. Fue una historia terrible, signada por la oscilación entre la pasión y la frialdad. Creo que la ruptura entre los dos fue lo que desencadenó el suicidio de Curtis-. Se encogió de hombros.
-Eso fue lo único que yo pude hacer, ponerle un nombre. Lo demás, como ya está dicho, se me escapó de las manos-. Y con una voz empalagosa, ante la mirada atónita del detective Rustik, comenzó a cantar:
-¡Oh! Mi dulce Annik/ Yaces muerta en este jardín/ Nunca te quise herir/ Fue tu madre, ya lo sabes/ ¡Oh! Mi dulce Annik/ Tantas cosas te quiero decir/ Pero ya no estás aquí nena/ ¡Oh! Mi dulce Annik/ Me alegro de que hayas sufrido y de que ahora estés tan bien...”-. Tras unos segundos de intenso silencio, empezó a reírse histéricamente, golpeando la mesa y volteándose hacia atrás con exageración. EL detective, antes sorprendido, lanzó un suspiro de indignación y le ordenó al guardia cárcel que se lo llevara. Entre las risas estrepitosas de Javier, se oyó a Rustik decir:
-Están los dos para el Borda... Y si seguimos trabajando con psicópatas como éstos, nosotros también vamos a ir a parar ahí-.